Catarsis bajo la luna
- yirka9905
- 30 jul 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 1 ago 2025

Hubo un tiempo en que me hallaba muy perdida
Esta noche la luna se luce realmente hermosa; cuando está tan redonda tal parece que está más cerca de nosotros, los humanos. Ella siempre anda incitando a la locura provocando a nuestra psiquis de manera inevitable. Sus fases, de forma misteriosa y poética, influyen en nuestra vida estimulando acontecimientos comprensibles y otros no tanto que se convierten en enigmas ocultos. Hoy en mí esta superluna llena me eleva, una vez más, a la más deseada locura.
Esta es de esas noches en las cuales siento tal nostalgia dentro de mí que analizo muy en silencio mi paso por esta existencia carnal y me pregunto si realmente estoy siendo todo cuanto soy y si en realidad me estoy mostrando auténtica conmigo misma. Cada día es todo un reto, toda una aventura; a veces esas aventuras las vivo sin saber siquiera a dónde me dirijo, casi siempre voy a la deriva, no sé por qué no tengo rumbo fijo, y es que necesito y quiero estremecerme en cada instante con la dicha y por el mero hecho de estar viva.
Comienzo mi ritual:
Prendo una vela blanca. Me introduzco en un baño ardiente de sándalo, mirra y azahar; quiero pincelar mi cuerpo con óleos del pasado. La música que escojo es una fusión entre María Callas con su Madame Butterfly, Beethoven con su Claro de Luna y su Silencio, y las melodías excitantes de Enigma, así, por este orden, para sentir emociones dispares. Y ahí voy, lista a desaparecerme momentáneamente de este plano terrenal.
Mi mente vuela. Mi cuerpo se acopla de manera fantástica en la bañera y dispuesto está a darse un viaje a través de la línea inexistente del llamado espacio-tiempo. Hoy me sumerjo en mi silencio ansiado y estoy deseando perderme en delirios que me enloquezcan por un instante. Quiero viajar, otra vez, sin miedo, sin límites, y sin necesidad de pedir consentimientos. Entonces medito sobre a dónde quiero viajar.
Quiero volar y visitar las tumbas en donde yacen mis muertos, despojar la mala hierba del suelo que cobija sus pobres cuerpos ya inertes, sentir ese dolor que abraza el alma al sentirlos bajo esa tierra que un día dio la bienvenida a sus cuerpos moribundos, quiero detenerme ahí y decirles, de uno en uno... “gracias por haberme amado”.
Después quiero pasear por las calles en donde un día correteé descalza cuando era niña; observar todo el paisaje y rebuscar algún efímero momento en donde tuve instantes de alegría. Quiero aprovechar y viajar un poco más allá de aquel pueblo ensombrecido y repleto de secretos (muchos turbios y turbulentos) y llegar hasta aquella casona grande en la capital en donde un día disfruté del primer beso de amor clandestino, allá, cuando apenas era una mozuela y en donde sin saberlo mi corazón quedó prisionero del amor verdadero. Quiero retroceder en el tiempo y sentir ese olor inconfundible de la madre que me trajo al mundo, mientras me abrazo a su cintura sintiendo cómo mi infantil cuerpo queda casi colgando del suelo al ser levantado en vilo por sus amorosas manos. Quiero, también, sentir el abrazo de mi abuela y perderme en su olor tan delicioso a comida hecha en carbón.
Quiero dibujar una infancia y una adolescencia a mi manera, esa etapa que no pude vivir como merecía. Quiero sentir que todo es risa, alegría, emociones y un puñado de buenos sentimientos y maravillosos recuerdos, borrando con ello cada lágrima maldita y arrancar por un instante tanto dolor derramado, tanto sufrimiento, tanta desdicha.
Quiero dar los besos que, por culpa de la tristeza, de rencores absurdos, de egos endemoniados, jamás di a mis seres queridos, a esos, a los de verdad, a los que me amaron y a los cuales no descubrí como debía hasta hace bien poco. No quiero volver a sentir nunca más esa congoja y la mala sangre que provoca el arrepentimiento por no haber hecho lo que en su día pude haber manifestado. Amar sin rencores.
Quiero, cómo no, volver a coger en mis brazos aquel pequeño cuerpo y sentir por un segundo su palpitante corazón antes de que Doña Muerte se lo vuelva a llevar a su regazo. Quiero también poder apreciar, una vez más, esa sensación amorosa que sólo una madre siente en ese precioso instante de traer a un hijo al mundo y contemplar la maravilla que albergaba en su vientre, él, mi bebé, tan vulnerable a la vez que angelical.
Quiero, quiero y por supuesto que también quiero; ¡Oh, Dios bendito!, en esta noche de catarsis profunda, a mi regreso de ese hermoso y sentido viaje a través del tiempo y del espacio, quiero viajar a una alcoba especial en donde alguien real -aunque etéreo en mi realidad física- aguarda mi presencia ansiosamente, alguien que tiene la osadía de hacerme suya en sueños, alguien que aviva mi sangre en llamas cada día sin siquiera rozarme y que es capaz de hacerme vibrar a distancia con sólo una palabra escrita (o una mirada virtual). Quiero llegar al umbral de sus sueños y decirle "ya estoy aquí, por favor, déjame entrar, vengo exhausta y con mucha hambre y sed de amor, acabo de venir de un largo viaje misterioso, he pasado por aquí porque sólo tú puedes calmarme; elévame a los cielos y al infierno si deseas y no temas hacerme ningún daño… tómame y límpiame con cada beso y embalsama mi dolor como sólo tú sabes hacerlo, poseyendo mi cuerpo mientras amas mi alma”. Así, mientras duermo.
Entrada escrita primeramente en noviembre del 2016. Hoy reeditada y dedicada en especial a ese hombre que por 25 años fue etéreo y que hoy es mi presente. Mi marido.
Con amor profundo: Yirka Gonzalez







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